
El retrato de un imperio
mayo 31, 2010Haile Selassie, o también conocido como Rey de Reyes, León de Judá, Elegido de Dios, Muy Altísimo Señor… es el personaje alrededor del cual gira el libro/reportaje de Ryszard Kapuscinski, ‘El emperador’. El periodista polaco consigue un retrato de la personalidad de este monarca absolutista del siglo XX a través de las declaraciones de los que antaño fueron sus sirvientes y allegados.
Todo transcurre en Etiopía, uno de los pocos países que no fue colonizado por occidente durante el siglo XIX. Selassie, tras cambiarse el nombre, ascendió al trono del país en 1931 y ahí se mantuvo hasta 1974 cuando una revolución de carácter socialista le derrocó. Si bien es cierto que tuvo un paréntesis en su mandato y fue durante poco más de cinco años (1936 – 1941) ya que los ejércitos italianos de Mussolini invadieron el país.
Pero gracias al apoyo de Gran Bretaña (que le dio asilo durante su exilio en esos cinco años) Selassie pudo volver al trono. Así pues, su reinado, tal y como nos muestra Kapuscinski, fue un cruce de conflictos ideológicos y demagogia propia de lo que era, un absolutista.
“El único principio por el que se guiaba Nuestro Señor cuando ascendía o degradaba a las personas: el principio de lealtad“
Si eras fiel, daba igual si también eras analfabeto. Selassie se aprovechaba de los ciudadanos hambrientos y de baja clase para darles poder y evitar así que los aristócratas le ganaran poder. Evidentemente, cuando a una persona que no tiene nada, se lo das todo, te va a ser fiel hasta su muerte. Y esa era la principal arma del monarca etíope.
Y precisamente eso es lo que muestra Ryszard Kapuscinski en esta obra. Como decía Agnieszka Flisek en el II Seminario Internacional del periodista polaco, “el libro no es sobre el emperador, sino sobre sus súbditos”. Ahí radica la clave del libro, son los más allegados los que narran la personalidad del emperador, mostrando sin darse cuenta, como su cabeza no abarca otra cosa que no sea ensalzar la figura de Selassie. Además, Kapuscinski consigue hacerlos protagonistas sin ni siquiera darle nombre a ninguno de ellos. Sus iniciales son la única seña de identidad.
Otro de los puntos que me gustaría destacar de este libro es el desarrollismo que promocionaba el emperador. Ya que a pesar de que no había sido colonizado, Occidente apoyó el régimen de Selassie. Muestra de ello son las constantes visitas y el apoyo recibido por parte del Reino Unido. Y precisamente eso le condenó. Si sus súbditos eran analfabetos, que decir del pueblo llano, de la gente de la calle que vivía totalmente al margen de lo que pasaba en palacio.
Pues bien, Selassie comenzó a mandar jóvenes a estudiar al extranjero, en universidades británicas sobre todo. Y cuando regresaban a su país natal se echaban las manos a la cabeza. Uno de esos fue Germame, cabecilla del primer intento de revolución en el país. Fue el 13 de diciembre de 1960 y se ayudó de los más allegados del emperador (Mengistu, Workneh y Dibou). Este primer intentó fracasó, pero sentó las bases de una futura revolución.
“Germame (…) había comprendido que se había adelantado a la historia, que había ido demasiado deprisa en relación con otros”
Parche tras parche Selassie siguió gobernando como si nada hubiera pasado, pero la tensión y el miedo seguía palpándose en el ambiente. Mientras continuaba construyendo fábricas de cara a la galería extranjera, el pueblo seguía siendo igual de pobre. Hasta que un buen día llegó un periodista de la televisión británica, Jonathan Dimbleby. Sin que Selassie lo autorizase ni se enterase, Dimbleby consiguió llegar a las regiones del norte, pobladas de campesinos y de terratenientes. Allí, poco antes de su llegada, se había cuajado una insurrección de campesinos por una nueva subida de impuestos ordenada por el emperador. Pero…
“Por suerte, la provincia en cuestión queda muy lejos del país, por lo que no resultó difícil aislarla, acordonarla con el ejército y abrir fuego sobre ella y ahogar en sangre la revuelta”
Bien, pues Dimbleby consiguió rodar una película titulada ‘The unknown famine’ (El hambre oculta) en la que mostraba las desigualdades de Etiopía. La opinión internacional puso el grito en el cielo. Selassie ya no era aquel “monarca un tanto exótico pero valiente, al que caracterizaban una energía inagotable,, una mente despierta y una profunda sensibilidad (…) y que se había fijado el ambicioso objetivo de sacar a su país del subdesarrollo y jugar una parte importante en el mundo” .
Las ONG’s llegaron al país. Al principio Selassie las dejó actuar hasta que les obligó a pagar por ayudar a los hambrientos. Demasiado que aguantar. Los universitarios, que seguían enfrentados a palacio, aprovecharon la coyuntura y provocaron la manifestación que acabó con Selassie. Después llegó el grupo revolucionario conocido como Derg, que poco a poco fueron desmontando los cimientos de palacio, llevándose a los ministros y altos cargos y actuando, siempre, “en nombre del emperador”; siendo ésta una gran estratagema para que el pueblo, aún fiel a Selassie, aguantara el derrocamiento.
El régimen había caído. Y Selassie había sido víctima de sí mismo.

